domingo, 7 de agosto de 2011

Alcañiz-Aiguablava

18 de julio

La luz del maestrazgo es de una nitidez especial.
Cruzamos algunos bosques de pinos esta mañana limpia y soleada antes de entrar en tierras catalanas y rodearnos de olivos, vides y almendros en un alarde extraordinario de naturaleza mediterranea.
Pasamos por Gandesa, donde al ritmo de las notas de una cancion de la guerra civil que me vino a la memoria, nos fijamos en un pequeño museo que recordaba la batalla del ebro. Por estos pagos estuvo guerreando y pasando frio mi tio Xico hace demasiados años.
Alcanzamos la AP7 a la altura de Reus y paramos a repostar y  juntar las piernas y coincidimos con 3 moteros autenticos cabalgando Harleys de diseño y mirándonos por encima del hombro a un francés con una H.D. Sporter cargado hasta el manillar de bolsas y mochilas y a un servidor. Ambos no pareciamos dar la talla para departir con los descendientes directos de los ángeles del infierno. Me acordé de "cerdos salvajes" una peli divertida y liviana de J. Travolta.
La AP7 se llenó de camiones y largas colas en los peajes. Paramos a comer cualquier cosa en un área de servicio desproporcionadamente cara e impersonal  y nos fuimos rumbo a Aiguablava.
Mereció la pena. El parador se asoma al mar desde un acantilado y nos muestra la belleza verde y azul como si de un cuadro daliniano se tratara.
Hacía fresquito pero Mamen no desperdició la ocasión para zambullirse en la piscina en la que sólo una adolescente britanica, isotérmica, resisíia amoratada el agua gélida que acababan de abandonar unos pinguinos. Cenamos en una mesa con vistas al mar y luego bajamos a la cala a tomar un café en una terraza que se confundia con la arena. Decenas de barcos blandian los mástiles al son de las olas nocturnas. A las 12 nos metiamos en la cama.
Habiamos hecho 363km desde Alcañiz y pasado por Calaceite, Gandesa, Reus, AP-7; Playa de Aro, Palamos, Begur hasta llegar a Aiguablava

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